BOLETIN
- Junio 2006
Solemnidad de Pentecostés |
¿Qué es lo que lleva a que los discípulos luego de la muerte del Señor, con miedo y dolor, creyendo que su Señor había muerto, a que puedan ser ardientes y valerosos predicadores del Evangelio en Jerusalén y el resto del mundo? Hay un cambio radical en los Apóstoles que abandonaron al Señor el viernes santo, y los que salen a predicar con fuerza el gozo de la resurrección ¿Qué es lo que ha sucedido?
El Señor ha resucitado. Y ése es el motivo. La muerte y el pecado fueron vencidos por el amor del Señor.
LA PROMESA DEL ESPÍRITU SANTO
La Resurrección del Señor les traerá a los Apóstoles y así, a toda la Iglesia, muchas
bendiciones. Pero hay una que es fundamental; el cumplimiento de una promesa hecha por el Señor en su discurso de despedida antes de padecer y que garantizará la continuidad de la
obra del Señor, de su presencia y protección en la Iglesia: el envío del Espíritu Santo. «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa» (Jn 16, 13).
El Señor al haberse ido al Cielo en la resurrección, no abandonó a su Iglesia. Sigue
intercediendo y preocupándose por los hombres. Pero quiso enviar su propio Espíritu, para
que como consuelo y guía, como fuerza y defensa, ayude a los hombres en su caminar. Esta presencia tiene un hito clave: la celebración de Pentecostés. A poco tiempo de la Resurrección
del Señor (50 días después), el Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad, diferente al Padre y al Hijo pero consustancial a Ellos en la misma naturaleza divina, desciende sobre los Apóstoles reunidos en torno a Santa María: «Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del
Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse» ( Hech 2, 3-5).
EL ESPÍRITU SANTO Y MI VIDA
Pero ¿Qué tiene que ver el Espíritu Santo en mi vida? El Espíritu Santo, en la misión conjunta
con el Padre y el Hijo, me ama y desea entrar en una relación personal conmigo; en amistad. Pero necesito abrirle la puerta, dejar que su acción tenga efecto en mí mediante mi colaboración. Él, que ha inspirado la Sagrada Escritura, que acompañó a la Iglesia en la Tradición y en el Magisterio al cual asiste, me busca conducir a la verdad plena. Él en la Liturgia, los Sacramentos y la oración, me transmite la gracia y me acerca a la comunión trinitaria. Es Él quien me santifica y me va trasformando desde dentro haciéndome más como Jesús. Es el Paráclito, el defensor que siempre está pronto para protegerme e interceder por mí. Es la fuerza y ardor en la misión evangelizadora que todos los cristianos tenemos. Y, también, es el que reparte los carismas, dones particulares que da a los fieles para el cumplimiento de determinadas misiones.
MOVIMIENTOS ECLESIALES: DONES DEL ESPÍRITU
Esto último lo hace también, a través de lo que se ha llamado los Movimientos Eclesiales que la Iglesia reconoce como dones del Espíritu. Y este año, como sucedió el año 1998 con Su Santidad Juan Pablo II, el Papa Benedicto XVI a querido recordar este don del Espíritu a la Iglesia qué significan los Movimientos Eclesiales, invitándonos a Roma a celebrar la Solemnidad de Pentecostés con Él, en un clima de oración, gratitud y alegría. Este año, en los primeros días de junio, estamos yendo los miembros del Movimiento de Vida Cristiana, para encontrarnos con Su Santidad Benedicto XVI y así celebrar el gran júbilo de Pentecostés.
Renovemos junto con Santa María -la que conoce al Espíritu Santo y nos enseña a colaborar con Él en su actuar- nuestro deseo de abrirnos a la amistad que el Espíritu quiere entablar con nosotros, a su actuar en nuestra vida y a la evangelización del mundo.
P. Jean Pierre Teullet
Vicario Parroquial