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La imagen de Nuestra Señora
de la Reconciliación expresa sintéticamente
un conjunto de mensajes
1. Lo primero que aparece
ante quien contempla la imagen es el dulce y sereno
rostro que expresa la grandeza de espíritu de
la Mujer de la fe, aquella en cuyo favor ha hecho maravillas
el Poderoso (ver Lc 1,49).
2. La mirada de indescriptible
dulzura, invita en forma franca y directa al encuentro
personal y sitúa a quien la observa en una comunicación
de tierna paz, de serenidad, de esperanza intensa.
3. El manto abierto de
la Madre, como invitándonos a cobijarnos bajo
él, es una manifestación de la protección
de Santa María ante el peligro, ante las insidias
del Enemigo.
4. Capta luego la atención
el corazón atravesado por una espada. Una señal
de dolor en medio de la expresión serena de la
inmaculada.
La alusión a la
profecía del anciano Simeón es muy clara
(ver Lc 2,33-35). Tan clara como la alusión que
la Tradición y el Magisterio han visto a través
de los siglos en relación al intenso martirio
que sufre la Virgen Santísima al pie de la Cruz,
"por la herida que recibe su piadoso corazón",
como decía el Papa Pío VII. La alegría
del triunfo de la reconciliación llega con el
dolor de la pasión y muerte del Hijo, preámbulo
de la Pascua de Resurrección.
5. A esta fase se añade
la alegría de un corazón fulgurante en
llamas de amor. Las llamas vivas que denotan la presencia
transformante del Espíritu Santo, "llena
eres de gracia", "el Señor está
contigo", (Lc 1,28). Se va descubriendo en todo
esto la invitación a percibir en la imagen una
plástica referencia a la pedagogía divina
del dolor-alegría. El Papa Benedicto XV invitaba
a dirigirnos "con toda confianza al corazón
dolorosa e inmaculado de María".
Las llamas que brotan del
corazón_símbolo de lo más hondo
del ser de María, de su mismidad_ manifiestan
luz y calor, que en la viveza de su ardor iluminan la
realidad de Nuestra Señora y expresan cómo
su misma presencia sirve al anuncio del Evangelio.
Esas mismas llamas muestran
también el amor gozoso del Inmaculado Corazón,
ante todo amor a Dios Padre en su Hijo por el Espíritu
Santo, y amor a toda la humanidad, así como amor
al designio divino que es expresa en su Plan.
La mirada al corazón
amante de María trae a la memoria su pronta y
ardorosa salida al encuentro de su prima Isabel para
realizar el paradigmático servicio de la evangelización
y de la promoción humana.
6. Pero hay más
todavía en la imagen del corazón de María.
¡Y cómo no habría de haberlo!
El corazón aparece rodeado de una corona de rosas
blancas. Una vez más vemos cómo la expresividad
de la imagen es magnífico medio de comunicación
de realidades profundas. Una corona de rosas que alude
a la corona de espinas del reconciliador, que trae a
la mente los momentos de dolor al pie de la Cruz, los
momentos del triunfo, de la victoria. Pero la alusión
implícita no se queda en eso, hay una sutil alusión
al misterio reconciliador y su triunfo manifiesta ese
fruto admirable que fue la Inmaculada Concepción
de María, preanuncio de la victoria del Señor,
primicia adelantada.
La capacidad sintética
y elocuente de la imagen resulta así una y otra
vez multiexpresiva. Las rosas blancas muestran también
la ternura y la pureza del amoroso corazón de
María Virgen.
7. Es muy importante notar
que el cinturón elevado que tiene la imagen de
Nuestra Señora de la Reconciliación muestra
a la virgen en Estado de Buena Esperanza. Santa María
es portadora de nuestra salvación. El misterio
de la Anunciación-Encarnación es aludido
por ese delicado signo que da unidad y sentido pleno
a toda la composición. María Evangelizadora,
Portadora del Evangelio vivo en su vientre inmaculado.
Así, la presencia de Jesús en el corazón
inmaculado y doloroso de María, es magnificada
por la presencia del Señor en su vientre virginal.
Es la imagen de María que porta al Señor
Jesús en su seno.
8. Al ser portadora de
Cristo Cabeza y manifestar así su divina maternidad,
se expresa también el misterio de María
Madre de la Iglesia, que precisamente es el Místico
Cuerpo del Señor. Así pues, María
aparece como Madre de Dios y Madre de los hijos de la
Iglesia; "la dulcísima Madre de Jesús
y nuestra".
En el dinamismo de hermanarnos
con el Primogénito (ver Rom 8,29), el mensaje
es elocuente: hay una invitación a que sigamos
el mismo camino, configurándonos con Él,
y a que como incorporados a su linaje anunciemos la
Buena Nueva y luchemos contra todo aquello que en el
mundo sea obstáculo para su Triunfo Final.
9. La mano derecha que
con enérgica finura apunta hacia su corazón
muestra bien la capacidad modélica de la maternidad
de María. Cumpliendo con el "Haced lo que
Él os diga" (Jn 2,5) que puso en el horizonte
humano como clave de plenitud en las bodas de Caná,
la Madre en un gesto elocuente nos viene a repetir lo
que el Señor Jesús enseña. En esa
fina orientación está plasmando lo que
el Señor desde la Cruz anunció: "He
ahí a tu madre" (Jn 19,27), invitándonos
a recorrer el camino del amor filial y a acogernos al
dinamismo de la amorización.
Sin rubor, pues su humildad
se funda en la verdad, reconociéndolo por su
propia fe y experiencia en el peregrinar bajo la luz
divina, María señala el camino para poder
alcanzar la plenitud. Y es que sabe que si llega el
humano peregrino a su corazón siguiendo el camino
de Cristo, entonces lo hallará pleno y rebosante
de amor a Jesús y se verá impulsado al
encuentro del Sagrado Corazón del Señor,
desde la experiencia tierna y profunda del amor de María.
Y es que todo en la Madre siempre apunta a Jesús.
Ese corazón ardiente está encendido de
amor pleno por el Hijo divino.
10. La mano izquierda,
que con manifestación de gran ternura se dirige
hacia sus hijos en el mundo, que se dirige hacia quienes
la contemplan, invita simultáneamente a vivir
toda la riqueza de la fe que la imagen representa, y
junto con ese don hace tomar conciencia de que Ella,
la Madre, es la intercesora por excelencia que según
el divino designio nos obtiene las gracias para nuestras
necesidades en el cristiano peregrinar. Y que Ella está
a la expectativa, deseosa que sus hijas e hijos la inviten
a interceder.
11. La Virgen María
aparece ante nosotros llevando al Triunfador sobre el
mal en su inmaculado seno. La imagen muestra el delicado
pie de la Madre pisando a la serpiente-símbolo
del mal, del Demonio-mientras que ésta, de fauces
abiertas y lengua extendida, la amenaza.
En el umbral de los orígenes,
en el lugar de la caída, el Altísimo prometió
a la Mujer que su linaje obtendría la victoria
sobre le Maligno y sus obras. Con gran fuerza plástica
la imagen de la Madre en estado de Buena Esperanza,
portando al Reconciliador en su seno, trae a nuestra
mente el cumplimiento de esa promesa: tu linaje aplastará
la cabeza de la maligna serpiente (ver Gén 3,15).
El pie maternal de quien porta a la Victoria como que
expresa plásticamente la cooperación de
María a la redención del género
humano. Une así la promesa sobre el triunfo del
linaje a la figura de la Madre. El simbolismo de la
estatua constituye un clamor para confiar, un alegato
de fe en las promesas divinas (ver 2Pe 1,4)
El Papa Juan Pablo II ha
enseñado claramente que "dado que la concepción
bíblica establece una profunda solidaridad entre
el progenitor y la descendencia, es coherente con el
sentido original del pasaje-Gén 3,15-la representación
de la Inmaculada que aplasta a la serpiente, no por
virtud propia sino de la gracia del Hijo". La teología
plasmada en la imagen de Nuestra Señora de la
Reconciliación logra magníficamente, y
con originalidad creativa, manifestar esta enseñanza
de la Iglesia, expresando la indescriptible unidad entre
la Madre y el Hijo que lleva en su seno.
La enemistad entre la Mujer
y su linaje, y el triunfo de Ése-su linaje-sobre
el Maligno, se muestran en la composición artística
donde la unidad de los misterios invita a acogerlos
vitalmente en el propio corazón. El lenguaje
de los símbolos trasciende la mera categorización
y la sucesión temporal para transmitir una experiencia
unitaria y vital de Evangelio vivido.
Nuestra fe permite iluminar aún más la
alusión vinculando esa imagen de victoria del
linaje y por lo tanto de alegría por el triunfo,
con la amenaza que sobre todos pesa con la "acechanza
del calcañar" (ver Gén 3,15). "Vuestro
enemigo, el diablo, anda como león rugiente buscando
a quién devorar" (1Pe 5, 8-9). Aparece así,
la conciencia de la propia fragilidad, la memoria de
la acechanza continua. Ambas realidades unidas: triunfo
decisivo y esperanza de triunfo en la historia personal
concreta de cada persona, y al mismo tiempo la dolorosa
señal del peligro.
12. Nuestra Señora
de la Reconciliación presenta, pues, una síntesis
viva y elocuente de misterios centrales de la fe de
la Iglesia. Destaca la unidad de los misterios de la
Anunciación-Encarnación y de la Reconciliación
en el misterio del Calvario. Una vez más los
símbolos de la imagen ofrecen ocasión
para integrar y, más aún, expresar sintéticamente
la unidad de los misterios del salvador, Verbo Eterno
hecho Hijo de Mujer para la reconciliación de
los seres humanos. Otros signos invocan el maternal
servicio de anuncio y el de intercesión. El conjunto
exhorta a acoger y vivir esos misterios de la fe impulsados
por la Madre que a ello nos invita.
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